Corrupción
Los invito a reflexionar sobre una palabra, que aunque de significado incierto, inunda nuestras calles desde el comienzo de nuestra historia. La corrupción, denotativamente, es la acción de alterar y trastocar la forma de alguna cosa. Si bien en general acarrea una connotación peyorativa, hay quienes no lo creen tan inadmisible. “Omitiendo los formalismos” argumentan maquiavelicamente, “se acortan los procesos que conducen al bien común”. ¿Pero cómo asegurarnos de que realmente nos lleven al bien común si no se cumple con estos formalismos? La historia nos prohíbe confiar en la gente y es precisamente eso lo que pretendo fomentar con este artículo. La corrupción es uno de los fenómenos que más nos marcan hoy en día. Es el principal culpable de grandes conflictos nacionales e internacionales, de enfrentamientos regionales, de falencias provinciales y hasta de las más insólitas peleas de barrio. Nadie duda en acusar a la corrupción de todo cuanto no tenga culpable aparente. Sin embargo, la dificultad consiste en encontrar los factores que dieron lugar a éste depredador. ¿No es curioso que las brujas acosaran siempre al indefenso pueblo de Salem? Para que haya corrupción tiene que haber dos partes: un corruptor y un corrupto, o dos corruptos en perjuicio de un tercero. No existen casos aislados, por el contrario, el fenómeno se contagia de unos a otros y de a poco se agotan las manos dispuestas a arrojar la primera piedra. ¿Debería un funcionario corrupto denunciar una coima a un oficial de tránsito? ¿Tiene derecho un profesor que negocia sus calificaciones a acusar a sus dirigentes de negligencia? Caemos en el recurrente error de medir las faltas por la magnitud de sus consecuencias en vez de juzgar a escala. Moralmente la corrupción es la práctica de saltarse reglas éticas generalmente aceptadas en una sociedad. Acá encontramos la falla fundamental del asunto. ¿Quién sería capaz, hoy en día, de hablar de valores éticos universales? ¿Acaso no nos previno Hannah Arendt de la inexistencia de un sentido común? Indiscutiblemente nadie puede transgredir normas que no existen. Como conclusión lógica, diríamos sin pudor que nadie es éticamente corrupto en la actualidad, pues simplemente carecemos de principios morales que transgredir. La única solución aparente comienza a saltar a la vista. Hay que reconstruir los principios éticos de la sociedad, hay que concientizar a la gente, mediante la educación, de que no es vano luchar y de que es necio callar. Cada uno tiene que entender cuáles son los parámetros que su entorno le plantea, pero fundamentalmente tiene que aprender a plantear por sí mismo los límites que considera apropiados y defenderlos sin dejarse escatimar. “Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella” Así cantaba Joan Baez, y resumía en pocas palabras la postura de los jóvenes entusiastas que no acaban de conformarse con la realidad en la que vivían. Lo llamativo es que este movimiento tuvo lugar hace ya más de cuatro décadas y, aún diciendo adherir a la ideología de “la reina de la canción protesta”, esa multitud se conformó con cantar sus canciones y lamentar la mala fortuna. ¿Realmente aborrecían tanto al sistema ellos? ¿Realmente queremos cambiar la realidad nosotros? Qué fácil que es cantar cuando hay un líder, pero qué difícil es dejar de creer en brujas y empezar a pensar en la corrupción como una consecuencia, como nuestra consecuencia social. Por Catalina Rubio